Análisis: Valverde, una bala solitaria en un tiroteo

Valverde_Lieja_2018_Salida

Valverde poco antes de la salida de la Lieja-Bastoña-Lieja / © NOS

Nicolás Van Looy / Ciclo21

Se acabó. Ha terminado un ciclo y ahora debe comenzar otro. Y no, no se asusten. No me refiero al ciclo vital de Alejandro Valverde como corredor profesional. Como killer. Eso, si me lo permiten, se lo dejaremos a los agoreros antitodo que merodean por las redes sociales en busca de su momento de notoriedad y esa polémica fácil que es la única que son capaces de asimilar y digerir. Lo que ha terminado, decíamos, es la primera parte de la temporada y Valverde, como otros muchos corredores que han sido los protagonistas de estos primeros meses de competición, se retira a descansar y a preparar retos futuros que, aunque parecan lejanos, llegarán antes de que queramos darnos cuenta.

Es el momento, cerrado el capítulo de las grandes clásicas y a punto de abrir el libro de ruta del Giro de Italia por primera vez, de analizar lo que ha sucedido en estos poco más de tres meses con el murciano más universal del momento, que no ha sido poco y, sobre todo, de recapacitar qué factores han motivado y ayudado al fiasco ardeniense.



Pero antes de llegar ahí, al decimotercer puesto de Ans, hay que retrotraerse al 25 de enero de este mismo año. Hay que trasladarse a Mallorca. Y, situados en esa todavía fría tarde mediterránea, por un momento, echar la vista más atrás y más al norte: al también frío y mojado día 1 de julio de 2017 en Düsseldorf.

Valverde estuvo 208 días en el dique seco y, de ellos, pasó la mayoría pensando en su regreso. Sólo ahora, casi tres meses después, podemos hablar de un Bala renacido. De un Valverde al que no se le nota el medio año perdido. Pero en esos 208 días que transcurrieron entre el 1 de julio de 2017 y el 25 de enero de 2018; en ese viaje de Düssledorf a Mallorca, sólo el propio Valverde y sus más cercanos saben hasta que punto las dudas, las preguntas sin respuesta, las frustración y el miedo pudieron afectar. Y todo ello, unido a su natural ansia por colocarse un dorsal, la misma que le llevó a soñar con volver a la competición en China a finales de 2017, tal y como confesó en una entrevista concedida en exclusiva a Ciclo 21 horas antes de su debut; le ha llevado a confeccionarse un calendario de los de antaño, de cuando estaba en los treintaypocos acumulando ya, ojo al dato, 28 días de competición y más de 4.600 kilómetros en las piernas. Primer dato a recordar.

Sí, a Valverde le gusta competir. Lo necesita. Le hace feliz. Pero todo tiene un límite. Y aunque sea un tipo de la vieja escuela, esa en la que los potenciómetros y demás cachivaches tienen menos impacto, no conviene olvidar que pasado mañana cumplirá 38 años. Es el corredor, no lo olvidemos, con más triunfos (9) del pelotón internacional, pero comparado con sus rivales más directos (nos ceñimos a la categoría World Tour), su supuesto pico de forma para las Ardenas llegaba precedido por un no pico de forma que le ha permitido ganar en febrero (dos etapas y general de la Volta a la Comunitat Valenciana, una etapa y general en el Tour de Abu Dhabi) y marzo (dos etapas y general en la Volta a Catalunya y el GP Miguel Indurain) y rozar, y ahora nos ecargaremos de esto, el triunfo en la Amstel, la Flecha y la Lieja.

Valverde se olvida –y nos hace olvidar a todos– que está al borde de los 38 años y en su 17ª temporada como profesional. Su ansia por volver a ser el que era antes de la caída justifica, completamente, el excesivo calendario afrontado entre enero y abril; pero sus consecuencias últimas deben ser muy tenidas en cuenta de cara al próximo gran asalto: el Mundial.

Pero esos 28 días de competición no explican, por sí solos, el juego en blanco en su paso por las Ardenas. Lo adelantábamos ayer en la crónica de la Lieja-Bastoña-Lieja e insistimos hoy en ello: Valverde ha estado demasiado solo. Desprotegido. La guardia de corps que debía mantenerse junto a él en la parte decisiva de, sobre todo, La Doyenne cayó demasiado pronto. Cuando el combate, el del fuego real y a discreción, todavía tenía que comenzar.

Este año, más que nunca, Valverde era la clara rueda a vigilar y todos se rascaban la cabeza pensando cómo demonios podrían hacer hincar la rodilla al de Las Lumbreras. Lo que no esperaba nadie, posiblemente tampoco Valverde y el resto de su equipo, es que la respuesta a esa pregunta llegara desde las propias filas telefónicas.

Para entenderlo mejor, comparemos lo sucedido en la Amstel Gold Race, la Flecha Valona y la Lieja-Bastoña-Lieja. “En la prueba del miércoles, Mikel Landa estuvo soberbio. Mikel Landa y Alejandro Valverde han demostrado que son una pareja (muy) bien avenida. Al alavés, sabedor de que todos los ojos están puestos sobre él y que cualquier gesto suyo servirá para avivar la latente polémica que envuelve la jefatura de filas del equipo telefónico de cara al Tour de Francia, se le vio muy bien en la Flecha Valona. Y cuando decimos muy bien, hablamos tanto del aspecto meramente físico, con un trabajo sencillamente espectacular; como del aspecto táctico, vaciándose para su líder y mostrando, quizás, su versión más madura vista hasta la fecha”, escribía, muy equivocado a la vista del resultado final, el arriba firmante en la previa de La Doyenne. Landa lo intentó en el Monumento de las Ardenas, pero la distancia, 258 kilómetros, se le hizo excesiva y cuando el alavés tuvo que tomar el relevo de un voluntarioso Betancur, no pudo dar ese puntito más que exigía responder al fuego pesado de los grandes cazas enemigos. De hecho, el movimiento de Jungels hubiese sido, en circunstancias normales, el designado para tratar de terminar con la última batería defensiva de Valverde, pero el Bala ya llevaba demasiado tiempo solo en un tiroteo en el que, si queremos seguir jugando con el símil, el último proyectil, tal y como se pusieron las cosas, sólo podía usarlo en su contra, que es lo que sucedió cuando, desesperado, trató de saltar del grupo a menos de cinco kilómetros de meta en busca del luxemburgués.

Esto, alguien tendría que tomar buena nota de ello, es consecuencia de haber convertido el libro de tácticas en un manual inamovible y rígido. Año tras año se elogia la capacidad de Patrick Lefevere de hacer equipo en un conjunto lleno de primeras espadas que saben, a la vez, que llegará el momento en el que podrán lucirse; pero que el peaje para ello es que tendrán que trabajar, como el que más, para otros cuando así se requiera. En Movistar, sin embargo, esas rotaciones han sido, si no inexistentes, muy esporádicas y sólo fruto de circunstancias extraordinarias –véase la Vuelta a España del pasado año–. Como único resultado posible: la fuga de talento. Para entenderlo de forma clara, les recuerdo esta respuesta de Ventoso a este periodista que pueden contextualizar mejor repasando la entrevista concedida por el cántabro a este medio el pasado mes de diciembre: “Eusebio mueve piezas cual partida de ajedrez casi diariamente. Unas veces en base a resultados y otras a como sopla el aire ese día. Aquí te puedo decir que, no sé si todos los corredores, pero en mi caso las carreras que me dijeron en diciembre han sido las que he hecho. A nivel de tranquilidad y serenidad a la hora de entrenar es, por parte del corredor, muy distinto porque no te crea ese estrés de no saber para qué estoy entrenando”.

Ventoso, los hermanos Izagirre, Jonathan Castroviejo, los Herrada y, sobre todo, Dani Moreno. Todos ellos se bajaron del barco telefónico poniendo rumbo a otros destinos donde iban a poder contar con más opciones propias o, sencillamente, a hacer el mismo trabajo doméstico en condiciones más propicias para ello, tal y como ha demostrado el propio Ventoso surgiendo como uno de los grandes ayudantes de Greg Van Avermaet.

El Mundial, lo decíamos antes, es el segundo gran objetivo de Valverde. Un objetivo que requiere ahora que todos, desde Unzue (y su equipo técnico) hasta el propio corredor pasando, claro está, por Javier Mínguez, tomen muy buena nota de lo sucedido. Unzue tiene la necesidad y la obligación de hacer entrar en razón al murciano, quizás, por última vez. El Bala se ha ganado el derecho de hacer el calendario que él quiera y si en 2019 quiere ir a la Vuelta a Flandes Movistar debería de permitirle el capricho. Pero el reto de Innsbruck es serio y debe ser preparado a conciencia. Valverde debe ir a la Vuelta pensando en la cita austriaca y Unzue debe grabárselo a fuego a su pupilo antes de la salida de Málaga.

Y Mínguez, el seleccionador, debe tomar nota de que en un recorrido tan duro como el que ha podido conocer esta misma semana, será imperativo rodear a Valverde de un equipo hecho por y para él. Un conjunto capaz de acompañarle hasta el último momento. Con un Luisle que aguante la distancia y la dureza y que, llegado el punto, haga de Jungels en una apuesta suicida a favor de su jefe de filas. Y, sobre todo, de gente dispuesta a darlo todo por el líder y ha convertir la prueba en un auténtico infierno para los demás.

Todo ello porque, pese al estólido ruido que han querido hacer algunos, Valverde no está ni fundido, ni acabado ni en crisis. ¿Cómo puede estar así el corredor con más triunfos del mundo? Valverde, sencillamente, ha aprendido una lección que le conviene tener muy presente de aquí a septiembre.

Comentar

Su dirección de correo electrónico no será publicada.Los campos necesarios están marcados *

*