Armstrong se vengó en San Sebastián

Ángel Olmedo Jiménez / Ciclo 21

Como todos ustedes bien saben, escribir sobre Lance Armstrong (Austin, Texas, 1971) es complicado. En el norteamericano se concitaban todos los requisitos (joven campeón del mundo que supera un cáncer testicular y retorna de un modo imperial para ofrecer un dominio inapelable en la carretera) que hicieran concluir la insuficiencia de los diccionarios y que elevasen a la literatura deportiva a cotas de epopeya y heroísmo nunca antes frecuentadas.

Entonces, no sin previas voces alarmando de sospechas (las voces de Walsh y de LeMond que discutían la credibilidad del imperio), la USADA decidió indagar y la profusa y barroca arquitectura conformada hasta la fecha por el US Postal Service (con sus diversas denominaciones a lo largo del tiempo) se derrumbó, desde dentro.

El testimonio de los propios compañeros del texano, en el seno del proceso de investigación, revelaban que las victorias, la hegemonía, el imperio se había fraguado (y sostenido) en una dinámica trabada en el abuso de sustancias dopantes.

Ese informe, sin perjuicio de señalar al colectivo (el que se había mostrado intratable por las carreteras de Francia julio tras julio), contaba con un hombre al que derrumbar, al que despojar de su historial. Era el jefe de filas del US Postal Service, el hombre de los siete amarillos consecutivos en París, Lance Armstrong.

Armstrong sobre Della Santa

Armstrong sobre Della Santa

Sin embargo, el 12 de agosto de 1995, Lance Armstrong era uno más de los ciclistas que tomaban la salida en la Clásica de San Sebastián (la más joven de las pruebas que, en su día, conformaron la prestigiosa Copa del Mundo).

Quizá no uno más, porque el hombre de Austin guardaba, en su interior, un irrefrenable deseo de venganza. No en vano, en la edición de 1992, Armstrong había concluido, en un día de perros, en última posición, a 34 minutos del primer hombre en traspasar la meta, el mexicano Raúl Alcalá. Aquella tarde, pronunció un desafío (“volveré a esta prueba para ganarla”) y su ejecución, que a punto estuvo de hacerse realidad en 1994 (el americano terminó segundo tras De las Cuevas) se formalizó en 1995.

El día se inició con una fuga del suizo Puttini que, muy pronto, comenzó a albergar unas diferencias que se antojaba maratonianas. La mayor referencia se situó en 12 minutos y medio. Y no fue hasta que el Festina y la ONCE se pusieron a liderar la marcha del grupo cuando las opciones del suizo se desvanecieron antes de afrontar las siempre exigentes rampas de Jaizkibel.

En el monte, el primero de los ataques relevantes fue de Laurent Dufaux, que fue rápidamente reintegrado a la disciplina por Jalabert. Más adelante, lo probaría Della Santa (el italiano del MG-Maglificio) quien se marchó hacia adelante con Sciandri. 

Fue el detonante de la jornada. Bugno aceleró la marcha y le siguieron Piepoli, Armstrong, Jalabert y Museeuw, mientras Induráin (que venía de convertirse en el hombre en ganar más Tours de manera consecutiva, récord que, posteriormente, le arrebató Armstrong) y Dufaux cedían.

En el descenso de Jaizkibel, Jalabert se lanzó en solitario, hasta que Armstrong pudo cogerle rueda. Un inoportuno pinchazo impidió que Sciandri le siguiera. La diferencia comenzaba a crecer pero, a falta de cuatro kilómetros, el grupo de Bugno contactó por detrás.

Lo que no existe

Lo que no existe

El italiano lo probó, pero fue neutralizado hasta en dos ocasiones. Posteriormente, Della Santa y Armstrong si consiguieron romper la unidad del grupo y se presentaron solos en el Boulevard. La punta de velocidad del texano fue imposible para Della Santa que, de nuevo, se veía resignado a observar cómo el dorsal de Armstrong le aventajaba en la meta donostiarra.

Lance se elevó de su bicicleta, victorioso y satisfecho, como aquél que ha saldado una cuenta pendiente que le abotargaba y le apesadumbraba. El cronómetro, parado en 5 horas 31 minutos y 17 segundos. El público aplaudiendo la entrega de un hombre que, semanas antes, había elevado sus manos al cielo en, quizá, la victoria más amarga de su vida.

Dos segundos más tarde, el italiano Stefano della Santa (tercero el año anterior, cuando De las Cuevas se impuso a Armstrong), y veintisiete después un terceto al que dio tiempo el belga Johan Musseuw, acompañado del francés Jalabert (vencedor en 2001 y 2002) y el italiano Gianni Bugno (ganador en 1991).

Al belga, su tercer puesto le mantenía en cabeza de la clasificación de la Copa del Mundo, alejando, un poco más, a su rival más directo, el francés de ONCE, Laurent Jalabert. Al final, la clasificación sería suya por delante de Tchmil y, sobre todo, gracias a sus triunfos en Flandes y el G.P. Suiza.

Un comentario

  1. Lance el mejor con diferencia, ni hinoult ni mercxs ni leches! esos tambien me gustaria saber como iban…. NADIE BORRARA LO Q HIZO EN LE TOUR DE LANCE

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