Ávila, la ciudad de las maravillas ciclistas

VDB_Avila_1999

Vandenbroucke, ganador en Ávila en 1999

Nicolás Van Looy / Ciclo21

La Vuelta a España llega hoy a Ávila, esa ciudad castellana cuya muralla evoca, irremediablemente, imágenes de asedios y batallas pretéritas. De peleas entre musulmanes y cristianos. De cruentos momentos en el nombre de Alá y de Dios. Una ciudad que, ubicada allá en lo alto de la Meseta, tiene ese aire recio y regio que todas las maravillas arquitectónicas del centro peninsular emanan. Una ciudad, además, que ha servido para darnos grandes momentos ciclista en los últimos años. La llegada a Ávila es, siempre, sinónimo de espectáculo y, en la mayoría de los casos –como es el caso hoy– el camino de aproximación se torna en una auténtica trampa mortal para muchos y la oportunidad de oro para aventureros y estrategas para intentar algo espectacular. La etapa de Ávila, tan típica y tópica en nuestro ciclismo como lo pueda ser el Alpe d’Huez en Francia, el Muro en Bélgica o el Mortirolo en Italia, siempre pilla, sin embargo, a alguno a contrapié.

La última vez que la Vuelta a España llegó a Ávila fue en 2009, cuando se impuso el irlandés, hoy en Sky y entonces en Cervelo, Philip Deignan también, como hoy, a sólo unos días del final de la carrera (en aquella ocasión fue la 18ª etapa). Pero, si hay        que recordar Ávila por los momentos ciclistas regalados, habría que elegir, sin duda alguna, dos. Muy separados en el tiempo, pero que han quedado como un auténtico tesoro grabado en la memoria de los buenos aficionados.

Nos remontamos primero a 1983. Entonces, la llegada era distinta. Se llegaba al velódromo del estadio Adolfo Suárez… sí, hubo una época en la que los velódromos en España eran relativamente más habituales que los perros verdes, pero esa es otra historia y otra cuestión. Salíamos aquel día desde Salamanca y había que pasar por los puertos de Peña Negra, Serranillos, El Pico y Navalmoral. Julián Gorospe, ídolo de la afición local, estaba a sólo dos días –aquella Vuelta a España tenía 19 etapas– de conseguir el triunfo final en Madrid. Su ventaja era relativamente cómoda, pero nadie se fiaba de Bernard Hinault, que vino a la vuelta capitaneando a un Renault Gitane que, dirigido por el inigualable Cyrille Guimard, contaba en sus filas con el exótico –no estábamos acostumbrados entonces a los americanos en el pelotón– Greg LeMond y con la gran promesa del ciclismo francés, el miope Laurent Fignon, con ese aire de profesor y ese volcán de irascibilidad siempre latente.

Hinault, que si por algo era conocido era por su empeño en ganar siempre, no lo dudó y se lanzó al ataque, en una bendita locura de las suyas, cuando quedaban algo más de 30 kilómetros para la meta. Sólo Vicente Belda y Marino Lejarreta le siguieron. Y, literalmente, eso es todo lo que hicieron. Hinault no recibió apenas ningún relevo por parte de sus dos testigos –cuesta llamarles compañeros– de fuga. Y no fue sólo –que también– porque ninguno quería hipotecar sus opciones de triunfo trabajando para el francés. Fue, sobre todo, porque el ritmo del corredor del Renault Gitane era tan abrumadoramente superior, que si no era él quien tiraba como un loco, el ritmo, el que necesitaba para colocarse como líder, bajaba significativamente.

Lo demás es historia. Se vistió de amarillo –entonces era todavía amarillo el maillot de líder– y se llevó, gracias a esa enorme gesta, su segunda Vuelta a España tras la obtenida en 1978. Dos de dos para él. Las imágenes de aquella etapa, hablan por sí solas de la proeza del Tejón.

El otro gran momento vivido en Ávila, ya con la llegada en su ‘formato’ actual, lo vivimos en 1999. El año de la demostración de clase de Frank Vandenbroucke con la muralla abulense como testigo. Una etapa que, sabiendo lo que sabemos ahora del desaparecido corredor belga, se torna todavía más memorable. Basten, para enmarcar aquello, las palabras de Nicola Miceli, el corredor italiano que, pese a haber completado unas actuaciones más que decentes en aquella edición, aseguraría más tarde que “aquella Vuelta a España fue la única vez en toda mi carrera deportiva en la que otro corredor me hizo perder las ganas de correr en bici. Me refiero, claro, a Frank Vandenbroucke. Le veía llegar al hotel muy temprano… por la mañana, claro. Siempre con una chica y posiblemente borracho, pero luego salía a la carretera y nos mataba a todos. Ya sabes… entrenas durísimo, estás un mes sin sexo antes de una gran vuelta, porque eso es lo que se decía entonces que era bueno, y ves todo eso… entonces piensas ¿qué coño estoy haciendo yo aquí?”.

Vandenbroucke, claro, no tenía ningún interés en la general de aquella Vuelta a España, pero fiel a esa fama de Enfant Terrible, decidió, porque así lo creyó oportuno –igual que, por el mismo precio, podría haber decidido echar pie a tierra o desconectar por completo de la carrera–, hacer sufrir lo indecible a todo el pelotón durante los últimos días. Incluido a Jan Ullrich, que acabaría ganando la carrera sólo dos días más tarde. Iban todos con el gancho detrás de un caballo loco y desbocado que rubricó aquel 24 de septiembre una de las páginas más memorables del ciclismo y, sin duda, una de sus grandes obras maestras.

Hablar de la Vuelta a España de 1999 de Frank Vandenbroucke es hablar de un sinsentido. Es hablar del Doctor Bernard Sainz o ‘Doctor Mabuse’, de tan infausto recuerdo, que quería que VDB sólo corriera once etapas –pensando en el Mundial– y al que el corredor, que cada día llegada esa fecha le pedía permiso para quedarse un día más, le reconoció que “no siento los pedales. Es increíble”.

Es hablar de Sarah Pinacci, la chica que servía café cada mañana junto al autobús del equipo Saeco y de la que, enloquecido, Frank Vandenbroucke aseguraba que era la mujer de su vida a gritos mientras daba saltos en la cama de su hotel la noche del día en el que Maximiliano Lelli les presentó por la mañana.

Es, por supuesto, hablar de una cena en Valencia en la que ambos coincidieron y en la que Frank le dijo a Sarah: “mañana voy a ganar la etapa para ti”. Era la víspera de la jornada de Teruel y el belga cumplió su promesa.

Es, por supuesto, hablar de cómo el coche de Banesto, camino de Teruel –cuando VDB iba escapado junto a Jon Odriozola– se le acercó y le preguntó cuánto quería por dejar ganar al español. “Lo pensaré”, contestó el belga. Sólo seis kilómetros más tarde, VDB volvió a acelerar. Odriozola apenas podía seguir el ritmo. Fue entonces, ante el evidente enfado dentro del coche de Banesto, cuando VDB dijo aquello de “¿sabes qué? Dame lo que me dijiste que me ibas a dar y dejaré que tu hombre acabe segundo”.

Y, claro, es hablar del día de Ávila. Otro sinsentido maravilloso. Porque la noche anterior VDB convenció a su masajista, Freddy Viane, para que le llevara en coche a ver a Sarah a su hotel. Vianne le dio una hora. Mientras él esperaba en la recepción, Vandenbroucke le prometió otro ramo de flores a Sarah para el día siguiente.

A falta de 15 kilómetros para el final, Alain Deloeuil, su director deportivo, le estaba hablando por la radio. Dándole instrucciones. Entonces fue cuando VDB simplemente le constestó “Alain, voy a ganar de todas formas, así que déjalo. Simplemente, dime cómo te gustaría que lo haga”.

Ya en la muralla, Mikel Zarrabeitia fue el primero en intentar lanzar un ataque en el grupo de ocho, pero la reacción de VDB fue arrolladora. Le pasó como una bala. A falta de un kilómetro, ya lo estaba celebrando. Ese triunfo fue, además del epítome de lo que se cocía por aquel entonces en el pelotón, el triunfo de la clase en estado puro.

Más tarde, en un documental grabado en 2008, Vandenbroucke reconocería que esa victoria precipitó parte de lo que vino después. “Fue un momento de euforia total. Fue demasiado fácil. Desconcertantemente fácil. Quizás ese fue el drama, fue tan sencillo hacer aquello que me causó muchos problemas después. Dominar una carrera de esa forma, dominar un deporte de aquella manera, no fue lo ideal para un tipo como yo”.

Sarah recibió su ramo de flores y el resto del cuento ya es historia trágica de este deporte. Pero las imágenes de aquella salvajada, por fortuna, siempre estarán a mano para recordar lo bueno y lo malo que aquel 24 de septiembre de 1999 vimos y vivimos en Ávila.

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