París-Roubaix: Cuando Adrie van der Poel desafió a Sean Kelly

Adrie van der Poel sobre su bicicleta en París Roubaix © Presse

Redacción / Ciclo 21

Hay derrotas que brillan tanto como las victorias. En el ciclismo, un deporte donde el segundo lugar suele ser el primero de los perdedores, existen excepciones que confirman la regla. Para Adrie van der Poel, ese momento llegó en la París-Roubaix de 1986. Hoy, cuatro décadas después y con su hijo Mathieu dominando el pavés moderno, el veterano ciclista neerlandés echa la vista atrás para recordar que, aquel día, cruzar la meta tras Sean Kelly no fue un fracaso, sino una confirmación de su grandeza.

Un duelo de titanes en el velódromo

La primavera de 1986 no era una cualquiera. Sean Kelly, el «Rey de las Clásicas», estaba en la cima de sus facultades. Pero Adrie van der Poel, un corredor tan versátil que era capaz de ganar en el barro del ciclocrós y en las cotas de las Ardenas, no estaba dispuesto a facilitarle las cosas.

«Detrás de Kelly, yo todavía estaba satisfecho», confiesa Van der Poel en una reciente mirada al pasado. No es conformismo; es el respeto absoluto entre dos guerreros que se vaciaron en los sectores de pavés más despiadados de Francia. Aquella tarde, el grupo de cabeza llegó al velódromo de Roubaix reducido a la mínima expresión. El sprint era una batalla de nervios y fatiga extrema.

«Sabía que era el más rápido, pero yo tenía que intentarlo»

Adrie recuerda con precisión milimétrica aquellos últimos metros sobre el cemento de Roubaix. «En un esprint contra Sean, siempre sabías que las probabilidades estaban en tu contra. Era un finalista implacable». Sin embargo, Van der Poel lanzó su apuesta. Durante kilómetros, ambos habían colaborado y competido a partes iguales, manteniendo a raya a perseguidores de la talla de Ferdi Van Den Haute y Rudy Dhaenens.

Al entrar en el velódromo, el silencio de la tensión solo se rompía por el rugido de la multitud. Kelly, con su potencia característica, tomó la delantera. Adrie pegó su rueda a la del irlandés, buscando el hueco, el momento de debilidad que nunca llegó. «Cuando crucé la línea, hubo una mezcla de agotamiento y orgullo. Había luchado de tú a tú contra el mejor corredor del mundo en su terreno».

En el velódromo © París-Roubaix

El legado de una estirpe

La relación de Adrie con «La Reina de las Clásicas» siempre fue de amor y respeto. Nunca logró levantar el adoquín de ganador (fue 3º en 1986 y 5º en 1993), pero su huella quedó grabada en el granito de los sectores de Mons-en-Pévèle y el Bosque de Arenberg.

Hoy, la historia ha dado un giro poético. Lo que Adrie no pudo culminar, lo ha logrado su hijo, Mathieu van der Poel, elevando el apellido a lo más alto del podio en el velódromo. «Ver a Mathieu ganar es especial, pero mis recuerdos de las batallas con Kelly son algo que me pertenece solo a mí», explica con una sonrisa.

Aquella París-Roubaix de 1986 queda en los libros como la segunda victoria de Sean Kelly, pero para los aficionados y para el propio Adrie, fue la carrera que demostró que, a veces, la gloria no solo está en el trofeo, sino en la épica del camino recorrido. Detrás de un gigante como Kelly, Van der Poel se hizo eterno.

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