Redacción / Ciclo21
El checo Zdenek Stybar, un talento generacional del ciclocrós reconvertido en especialista de las clásicas en ciclismo de carretera. Durante su extensa etapa en la estructura del Quick-Step, el checo demostró una asombrosa facilidad para domar los adoquines franceses, respaldado por el soberbio manejo de la bicicleta que traía de serie.
Ya desde su debut en el año 2013 dejó claro que la carrera más dura del calendario estaba hecha para él, logrando una meritoria sexta plaza tras memorizar cada tramo empedrado gracias a los vídeos de su equipo. Sin embargo, un desafortunado roce con un espectador en el sector de Carrefour de l’Arbre truncó sus aspiraciones, una situación que todavía recuerda con gran nitidez al asegurar que «sin ese incidente, podría haber terminado entre los tres primeros».
A lo largo de su trayectoria profesional, Stybar logró pisar el podio del histórico velódromo en dos ocasiones, aunque las digirió con sensaciones radicalmente opuestas. Mientras que su segundo puesto en 2015 tras el intratable John Degenkolb fue un motivo de profundo orgullo, la dolorosa derrota de 2017 ante Greg van Avermaet sigue siendo una herida difícil de cicatrizar.
«Podría haber logrado el sueño de todo ciclista». Afirma sobre aquella edición; en la que tras vaciarse cubriendo ataques y cerrando huecos ante los problemas de su teórico líder, se plantó en la recta final con opciones reales de victoria, pero fue superado en los últimos cincuenta metros. El motivo de su falta de velocidad punta fue netamente mecánico, originado paradójicamente por una sugerencia suya al fabricante de bicicletas sobre el uso de que no se podía bloquear. «Cuando vi el esprint a cámara lenta, miré mi manillar y subía y bajaba, como si estuviera esprintando en una bicicleta de montaña», confiesa el corredor, asumiendo que ese detalle le privó del triunfo de su vida.
Pese a no haber logrado alzar el codiciado trofeo, el impacto emocional de rozar la victoria fue muy profundo en el devenir de su carrera. «Estaba en camino de ganar Roubaix en 2017», lamenta el checo, quien reconoce abiertamente que una victoria en la gran clásica de los adoquines habría transformado por completo su palmarés y le habría permitido cumplir el sueño de todo ciclista. Ser parte del potente bloque del Quick-Step le brindó enormes oportunidades y le permitió pelear en las mejores carreras, pero también le hizo vivir los éxitos de sus propios compañeros de forma diferente. Mientras que el triunfo de Philippe Gilbert en 2019 lo sintió como un éxito colectivo fruto del trabajo grupal, la victoria de Niki Terpstra en 2014 le dejó una sensación mucho más fría, ya que el neerlandés atacó sin previo aviso cuando ambos compartían el trío de cabeza y él ni siquiera tuvo tiempo de procesar las órdenes de equipo.
Las infinitas complejidades tácticas y los millones de escenarios posibles hacen de esta prueba un desafío monumental donde en absoluto basta con tener buenas piernas. Stybar detalla que los primeros cien kilómetros pueden ser decisivos debido a los constantes abanicos y subraya la grandísima evolución que ha sufrido el material ciclista en la última década, un factor de suma importancia que marca la diferencia a la hora de deslizarse sobre el pavé.
No obstante, el talentoso rodador checo tiene muy claro cuáles son los puntos clave del temido recorrido francés: el bosque de Arenberg, un sector que detesta enormemente porque salir ileso es una pura cuestión de suerte, y el Carrefour de l’Arbre, su tramo predilecto por la espectacular atmósfera y el inmenso calor del público. Una vez superado este último obstáculo, apenas restan veinte kilómetros de pura agonía para intentar resolver la carrera, una gesta histórica que a él se le escapó por unos pocos centímetros de suspensión.
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