¿Por qué los ciclistas no se plantan?

Jorge Matesanz / Ciclo 21

La reflexión viene al hilo de lo acontecido en el Tour de Suiza. La eslovena Urska Zigart tropezó a gran velocidad con un resalto dentro del último kilómetro y acabó besando el suelo con el resultado por todos conocido de fractura de mandíbula. Y poco fue, si se me permite el comentario, para un accidente de tal violencia. No es la primera ocasión en que una pésima decisión por parte de un organizador y una nula supervisión por parte de los estamentos superiores provocan graves consecuencias a los/las ciclistas. Cuando se dio parte de lo sucedido, las redes sociales ardían. Sin embargo, el pelotón cambió indignación por silencio. Qué útil hubiese resultado que sus compañeras de pelotón se hubiesen negado a tomar la salida al día siguiente como protesta. Qué útil hubiese sido que el pelotón masculino hubiese seguido el mismo camino. Porque ayer fue Urska, pero mañana va a ser cualquiera otra. U otro.

Esa falta de corporativismo ante causas tan justas llama la atención porque en otras, bastante menos comprensibles por la opinión pública, es desmedido. La sensación, seguro que compartida por muchos aficionados e incluso miembros del ciclismo profesional activo, es que solo se protesta cuando el suceso se alinea con el interés de los tres o cuatro cabecillas del pelotón. Lo confirmó Michael Storer no hace tanto con respecto a la neutralización de tiempos en la etapa de Milán, en el pasado Giro. Tanto la capital lombarda como Barcelona cuentan casi boicot por visita. Lo curioso es que en la última visita a la ciudad condal de la Vuelta (año 2023), la protesta tuvo que ver con la peligrosidad del circuito final con riesgo de lluvia (no llovió). Ningún plante registrado por haber disputado una contrarreloj por equipos prácticamente a oscuras el día anterior. Eso sí, los que quisieran arriesgar su seguridad por luchar la victoria de etapa, ningún miramiento, para ellos no era peligroso. Ídem con Montmartre en 2025. Qué decir del lamentable recorte de la etapa de Crans Montana del Giro de Italia de ese mismo año. O de Asti 2018.

Protestar por la seguridad del ciclista solo es oportuno si con ello puedo borrar del mapa algún puerto que no me apetece afrontar, o al menos es lo que parece. Si el día es soleado, corto y llano, ningún reproche. La seguridad, por tanto, parece más un pretexto que un fin. Se agradece, por cierto, que la UCI intente legislar (ya que lo va a hacer igualmente sobre alguna materia) en favor de finales de etapa menos caóticos y más predecibles. El problema está en que el trabajo de prevención se realiza con nula anticipación, como cuestiona la propia CPA en boca de su presidenta, Alessandra Capellotto. Le acabarán sacando tarjetas amarillas a las carreras y se vanagloriarán de lo mucho que hacen por el ciclismo. 

Qué gran impacto hubiese tenido que Tadej Pogacar se hubiese plantado en la salida de la etapa 3 para decir que él, maillot amarillo y máxima figura del ciclismo internacional, no tomaba la salida en ¿solidaridad? ¿protesta? por la barbaridad que había tenido lugar el día anterior, más aún si se trataba de un asunto que le tocaba tan de cerca. Una oportunidad perdida para haber dado un auténtico puñetazo en la mesa y empezar a sembrar precedente ante un problema de tal importancia, con una imagen que hubiese dado la vuelta al mundo. Pero no. Pronto se acallaron los rumores de que el esloveno podría haber valorado la posibilidad de abandonar. Lo cual, por cierto, hubiese sido humano. ¿No lo haríamos cualquiera en nuestros trabajos? El suyo no es un trabajo al uso, es cierto, pero no deja de haber personas detrás de los ciclistas, una frase que el entorno ciclista utiliza a granel con más o menos justificación y que también debería aplicar aquí. 

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