Barcelona, Visma, Del Toro y Pogacar han acumulado gran parte de los titulares estos días. Segundos arriba, segundos abajo, que si UAE, que si la UCI prohíbe el hielo en plena ola de calor, que si los incendios dejan al público sin Tour, etc. Todos pequeños temas que dejan de lado lo más importante, lo que todo aficionado está pensando, y es cómo se desarrollará este Tour de Francia, dónde explotará y si realmente tendremos la emoción que hemos echado en falta durante los últimos tiempos.
El diseño del menú para 2026 es, en palabras del propio Christian Prudhomme, director general del Tour de Francia, una carrera pensada para un desarrollo increscendo. Es decir, la obsesión enfermiza de todos los organizadores de hoy: cuanto más tarde se decida, mejor. No es casual que la etapa reina sea el penúltimo día o que las principales llegadas en alto tengan lugar en la tercera semana. Sin embargo, se les escapó un detalle, y es que en la sexta etapa se asciende el Col du Tourmalet. Por mucho que el final elegido sea un puerto de plato grande, será el primer gran test para los favoritos. Si no aprovechan sus rampas para salir de dudas, tendrán que esperar seguramente a los Vosgos. Más de una semana de espera, movimiento que gente como Tadej Pogacar no contempla.
Lo esperable es que en Saint-Marie-de-Campan empiece el Tour de verdad, la lucha por el maillot amarillo definitivo. Allí no habrá regalos de segundos de bonificación ni prisioneros. Lo normal sería que UAE intente poner las cosas en su sitio de La Mongie en adelante. Cualquier atisbo de duda sobre la forma física del esloveno podría avivar ascuas que de otra manera no tendrían lugar. Cuanto más se reduzca el ramillete de favoritos, mejor. Si por el camino le da un toque psicológico a su gran rival, Jonas Vingegaard, mucho mejor. Pero mejor un Tour de dos que otro donde haya que controlar de cerca a los Red Bull, a Seixas, a Ayuso, etc.
Tanto el líder del UAE como el de Visma saben que perdonar la vida al otro es garantizarse la muerte días más allá, porque ambos saben del potencial del otro. Si el Tourmalet pasa y la carrera sigue en tablas, el gran beneficiado podría ser Jonas. Al menos, tendrá una semana para ilusionar. En cambio, en la acera de enfrente surgirían las dudas. Vienen etapas complicadas para el control como Ussel o Le Lioran. Pero si tiene lugar el puñetazo en la mesa, serán jornadas para escapadas sin más trascendencia. En caso contrario, pueden ser polvorines, gallineros revueltos. Y ese es un escenario a evitar por parte del UAE.
Esas escenas que fotografían muy bien desde la historia a Tadej Pogacar con ofensivas a ochenta o cien kilómetros de meta responden un poco a esta filosofía de no dejar que los enanos crezcan. Los avisperos son demasiado inciertos y el Tour se suele dominar con certidumbre. En escenarios tácticos, UAE no se mueve como pez en el agua. Y lo saben. Visma tampoco, la estructura no ha destacado históricamente por las grandes tácticas empleadas (Granon aparte). Es tal vez la única inseguridad, punto débil si se quiere, que ambos posean. Por ello, saben que cada cuesta cuenta, y más si se trata de un mito como el Tourmalet. Vingegaard intentó deshacerse allí de Pogacar en 2023, al que había endosado un minuto en la etapa del Marie Blanque. Como allí no pudo, el esloveno le remachó camino de Cauterets y le devolvió un golpe que duró hasta la contrarreloj extraterrestre que el de Visma se sacó de la manga.
Por todo ello y por mucho más, la sexta etapa cobra dimensión de decisiva. Sí, quedarán quince por delante, a nivel de tiempo seguro que hay opción de darle mil vueltas todavía. Pero de lo que no cabe duda es de que el relato que impere durante días dependa en gran medida de cómo se amansen las ambiciones de los rivales.
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