Análisis: El Tour de los ‘marginal details’

Kuss, tras el líder, volvió a hacer un gran trabajo / © ASO

Nicolás Van Looy / Ciclo 21

Se encargaba Eddy Merckx, el mejor corredor ciclista de todos los tiempos, de enfriar los ánimos antes de que el Tour de Francia arribara a Orcières-Merlette, allá donde El Caníbal perdió el Tour de Francia de 1971 a manos de un Luis Ocaña al que sólo la famosa caída en el descenso del Col de Menté, cuatro días más tarde, le obligaría a devolver el amarillo al belga.

Pese a haberse dejado casi diez minutos respecto al español hace ahora 49 años, Merckx recordaba que aquella minutada llegó porque Ocaña atacó desde lejos. En otras palabras, que en las rampas del que ha sido el primer final en alto de este Tour de Francia coronavírico, ni entonces ni ahora había sitio para que se produjesen grandes diferencias entre los favoritos.

Y en el ciclismo de hoy en día, ya se sabe, la cosa va por bloques, marginal gains, esconder más que enseñar y todas esas cosas. Tanto es así que ya ni las fugas se pelean como antaño. 200 metros es lo que, de media, está costando consolidar la escapada del día. Tiempos modernos, que diría el clásico.

Sea como fuere, llegó la primera llegada en alto de este Tour de Francia y, después de que, como era de esperar, los grandes favoritos decidieran no moverse en exceso, sólo nos quedan los detalles secundarios para analizar e imaginar cómo se desarrollará esta Grande Boucle casi otoñal.

Lo que ya ha quedado claro es que ningún equipo, ni tan siquiera el UAE-Emirates, puede soñar con estar cerca de los Jumbo-Visma e Ineos Grenadiers, los dos bloques que, en ese orden, parecen los más potentes de este Tour de Francia. Deceuninck-Quick Step, obligado por el amarillo de Alaphilippe, llevó el peso de la etapa hasta el puerto final –impresionante Asgreen– , pero una vez allí, fueron los neerlandeses los que asumieron el control.

Jumbo-Visma domina, por ahora, la situación / © Jumbo-Visma

Y aquí es donde encontramos el primer y, quizás, más importante detalle de la etapa. Avisó hace dos días Merijn Zeeman que sus hombres no iban a ser los pagafantas de la carrera sólo porque hayan demostrado estar un paso por delante de todos los demás. Y con todos los demás, seguramente, se refería a los Ineos. Por ello, tras un estratosférico relevo de Wout Van Aert, se apartaron los amarillos para que fueran los hombres de Bernal los que asumieran su cuota de curro, pero tan pronto como el belga se abrió a la izquierda, vacío, Kwiatkowski y Castroviejo, los dos grenadiers que debían hacerlo, miraron para otro lado, silbaron con disimulo y, como si aquello no fuera con ellos, decidieron –previa orden en ese sentido emitida desde el coche– que si eso de que el trabajo dignifica es verdad, Sepp Kuss es uno de los tipos más dignos del pelotón.

Es un detalle, claro está, pero muy significativo. Un detalle con muchas lecturas posibles y del que podríamos escribir durante horas, pero el lector no tiene ese tiempo –ni esa paciencia– así que trataremos de resumirlo con la mayor concisión posible.

La primera lectura es una evidencia que nos mostró la propia carretera: Richard Carapaz no está, al menos por el momento, con el golpe de pedal que le permita pelear con los mejores. El ecuatoriano, que iba a ser el jefe de filas de Ineos Grenadiers en el Giro de Italia, llegó a la Grande Boucle de rebote y eso le obliga a alcanzar lo mejor de su pico de forma ya en plena carrera, algo para lo que el dibujo de este Tour no ayuda demasiado.

La segunda conclusión es más discutible, aunque parece existir un consenso generalizado: Egan Bernal sigue un puntito por debajo de Primoz Roglič, tal y como ya vimos en el Dauphiné. Esta afirmación –y de ahí que digamos que es discutible– no llega tanto del hecho de que, una vez más, Roglič le dejara sentado con su rush final, sino por la propia decisión de no desgastar a Kwiato y a Castro y, de esa manera, tratar de asegurarse algún ayudante en los metros finales donde, por otra parte, ya no sirven de nada.

Los Ineos Grenadiers no terminan de ir como en años anteriores / © Ineos

Roglič tiene un sprint final en los altos que no está a la altura de ninguno de sus rivales. Por ello, pese a los diez segundos de bonificación que le significaron la victoria, Bernal no debería de preocuparse por no ser capaz de disputarle la etapa de ayer al esloveno. Nunca, en circunstancias normales, el colombiano superará al esloveno en ese tipo de duelos, por lo que ser capaz de entrar en el mismo tiempo, sin ceder más que lo que dicten las bonificaciones, puede considerarse un mal menor. Un marginal loss.

Y, evidentemente, la tercera y más clara lectura de ese movimiento del Ineos Grenadiers es que, al menos en esta primera semana, son los propios británicos los que renuncian a seguir siendo el equipo de referencia en su carrera y reconocen, bien sea por asunción de la realidad, bien por puro tacticismo, que Jumbo-Visma es, ahora mismo, superior.

En cualquier caso, viendo como se resolvió la jornada, la decisión de Ineos Grenadiers de desentenderse de su cuota de responsabilidad bien pudo ser un tiro en el pie en toda regla. Que Kwiatkowski y Castroviejo no entraran al relevo después de Van Aert supuso que lo hiciera un Kuss desatado, casi enrabietado.

Bernal no es Froome. Bernal tiene un Tour, es verdad, pero sólo ha llevado el amarillo dos días en su vida y no infunde ni el miedo ni el respeto que sí emanan de aquellos que han hecho del jaune su vestimenta habitual. Por ello, aunque hubiese supuesto quemar las naves del polaco y del español, ambos tendrían que haber entrado al relevo, puesto un ritmo más cómodo para su jefe de filas y, por qué no, haber permitido –algo que sólo se puede hacer si se lleva el peso de la carrera– que Guillaume Martin cogiera los metros necesarios para asegurarse la etapa y los diez segundos que, de esa forma, no irían a parar a manos de Roglič.

Dumoulin está siendo el gan tapado / © Jumbo-Visma

Deben comprender en Ineos, tan poco acostumbrados a esta situación, que cuando Bernal se meta en los últimos 300 metros de un final en alto y Roglič decida cambiar de ritmo buscando arañar algunos segundos, ya no serán Kwiato, Castro o cualquiera de sus compañeros los que deban o puedan seguirle. Que ese es el momento en el que Bernal, en primera persona, le deberá seguir y que eso, aunque siempre es dificilísimo, es algo menos complicado si su equipo ha hecho su trabajo y controlado, al menos durante un rato, la carrera llevándola al ritmo que al jovencísimo corredor de Zipaquirá le interesa.

Y mientras todo esto sucede, Nairo Quintana, Tadej Pogačar, Adam Yates, Superman López, Thibaut Pinot, Mikel Landa, Esteban Chaves, Rigo Urán y, ojo al dato, Tom Dumoulin, asistían al espectáculo, sin gastar ni un gramo extra de energía, divertidos y con un brillo especial en la mirada. Con el colmillo salivando. Saben que sus ejércitos son inferiores a los ensimismados Jumbo-Visma e Ineos Grenadiers y, por ello, ordenan a sus hombres que mantengan la formación. Prietas las filas, se trata de defenderse. Nada más. De observar, desde una atalaya privilegiada, como las escaramuzas entre los dos enemigos comunes se va cobrando sus víctimas. Ganar una batalla está bien, pero lo importante es ganar la guerra y, como ya ha explicado el propio Bernal –en su caso, más por necesidad que por convicción–, la tercera semana será clave. Ahí sí, habrá que morir matando. Hasta entonces, seguiremos fijándonos en los marginal details.

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