Verano de 2003. Una ola de calor asola el continente europeo al tiempo que el Tour de Francia celebra la edición conmemorativa del centenario. La normalidad es la nota predominante, fuera de que para los ciclistas el mes de julio siempre ha significado un sol de justicia que castiga por debajo del dorsal. Picos de 44º fueron registrados y las consecuencias de las altas temperaturas jugaron un papel teórico en lo deportivo.
Más de veinte años más tarde, la vida ha cambiado, pero el ciclismo lo ha hecho aún más. En 2026, se registran temperaturas de 38º en zonas de Francia durante el mes de julio. Para alguien de Córdoba, una anécdota. El efecto en el país vecino, como comentan nuestros colegas de PCS, que no se puede ni jugar a la petanca porque las pelotas están «demasiado calientes». La Vuelta a España partió de Lisboa hace tan solo dos temporadas con temperaturas de 40º y el pelotón recorriendo el centro de Portugal, Extremadura y Andalucía, lugares donde el calor extremo impide que veas a gente por la calle entre las 13.00 y las 19.00. Cero quejas, cero compasión.
Sin embargo, esa franja horaria es la que ha elegido el ciclismo. O tal vez la televisión. Es muy golosa la hora de la siesta, cuando un número incalculable de televidentes sintoniza el canal para cerrar los ojos y aumentar los shares del programa que hubiesen sintonizado antes. Los documentales, otro filón. En su día me dijeron que el sonido de helicóptero se añadía adrede para generar somnolencia, ¿será verdad?
Algo ha cambiado en el pelotón. La lluvia es el hijo de los mil padres: quejas, recortes, problemas, excusas. Sin embargo, hasta ahora, nadie del pelotón había alzado la voz para declararse enemigo de hacer deporte en las horas centrales del día bajo temperaturas inhumanas. Aquí está el eterno argumento que queda una vez más expuesto y avergonzado: la salud de los corredores. Porque es en sí un fin magnífico y prioritario. Los ciclistas son personas, y como tal deben ser tratadas. Antaño las obras continuaban su transcurso independientemente de la temperatura. En la actualidad, se tiende a evitar las horas centrales del día, sea por humanidad, por legislación o por convenio. Pero en el ciclismo prima la televisión sobre la salud, se está pudiendo comprobar en este Tour de Francia. «Y siempre lo será», como se canta en los cumpleaños.
Sería cómico si no fuese dramático: en el mismo comunicado emitido por el Tour de Francia se anuncia el recorte de los primeros treinta kilómetros por la alerta roja al tiempo que se recomienda no realizar actividad física en el exterior durante las horas centrales del día.
Parece que las olas de calor tienden a extenderse en el tiempo y en lo geográfico. En Europa están aprendiendo a empatizar por la fuerza con los países del sur. Ya hay voces como la de Tadej Pogacar, conocido como un amante del frío y de la lluvia, que muestran apertura a una revisión del calendario para evitar los meses de mayor calor. Y no está mal tirado, porque no deja de ser una barbaridad que el pelotón se marche a Australia en sus épocas de más calor y celebre algunas de sus pruebas reina en Europa en una situación similar.
El ciclista siempre ha huido del frío. La escasez de grasa en su cuerpo ayuda a tolerar mejor temperaturas cálidas. La mejora en los materiales que tanto nos venden (por algo será) ayuda a paliar el frío, pero combatir el calor se vuelve más complicado. Y cuando alguna fórmula alivia, va la UCI y la prohíbe porque «modifica la morfología del corredor». Vamos, que el ciclismo debe adaptarse a los nuevos contextos climáticos, y si el calendario tiene que modificarse, sea. Que todo problema sea ese. El problema van a ser las resistencias. El verano europeo es muy goloso porque el fútbol ha bajado su intensidad y permite a otros deportes escalar en importancia.
En un deporte tan estático, va a costar mucho cambiar de punto de partida, buscar nuevas fórmulas. Más que nada porque cuando intenta encontrarlas, es para echarse a temblar. Acordémonos de las conclusiones que el ciclismo sacó de las contrarrelojes (Vuelta 2007) o del propio Tourmalet en el presente Tour. Si el destino del ciclismo viene dictado por esas mentes pensantes, echémonos a temblar. Y si las decisiones vienen de estamentos superiores, salvo sorpresa, no esperemos que en el centro se sitúen la coherencia o la salud de los deportistas. Seguramente interese más la pose que entrar en el fondo de las cuestiones y vender que se hace cuando en realidad todo sigue igual. Por ejemplo, la edición 2023 del Tour donde se redujeron por fortuna los traslados entre meta y salida para vendernos un plan verde y sostenible que duró tan solo un año.
Al final, el ciclismo seguirá los pasos de Javier Guillén en una cosa más. Después de exportar al resto del ciclismo el ‘modelo Vuelta’, el ciclismo va a terminar por comprar su primera piedra en el ciclismo: la contrarreloj nocturna de Sevilla, Vuelta 2010. A lo mejor, las grandes no deben celebrarse en verano. A lo mejor, según los postulados actuales, el Tour de Francia no puede celebrarse en julio. Porque algo habrá que hacer, ¿no? ¿O el ciclismo va a jugar a cerrar los ojos y a esperar que la tormenta pase sin más? ¿Y si no pasa? No estamos tan lejos de aquella ocurrencia de las cronos en pabellones donde despampanar con vatios y cadencias. Además, así también se puede dar cabida fácilmente a una vieja idea de cobrar entrada a los espectadores, son todo ventajas.
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