El ciclismo que buscábamos

Pogačar celebrando su Tirreno-Adriático ©RCS

Rafa Mora / Ciclo 21

No sé si Van der Poel, si Van Aert, si Pogačar o si Roglič y, si me apuran, Carapaz, son el nuevo ciclismo. No soy un analista del caso sino más bien un pobre periodista apasionado de esto. Solo hablo de lo que veo, y lo que veo es un ciclismo que me ilusiona. En un pelotón profesional en el que hemos tenido hasta no hace mucho algún destello de locura, ahora uno se pellizca para intentar asumir lo que llega a raudales y, tal vez por estar adormilados durante tanto tiempo, aún nos tiene ensimismados. El ciclismo cambia.

Cambia porque hay unos nuevos nombres que entre tanto vatio y tanta mandanga tecnológica que todo lo controla y lo hace insulso a los ojos del romántico, aparecen unos jovenzuelos que deciden suicidarse y, además, no solo ganan haciéndolo, sino que en su derrota son dignos. Y eso es una maravilla de tal nivel que los aficionados deben (debemos) agradecerlo. Una carrera como la Tirreno-Adriático que hemos vivido este 2021 no recuerdo haberla visto en tiempo. Una semana en la que muchos corredores han tenido su momento de gloria, en el que se han visto sprints inverosímiles, celebraciones atrevidas, movimientos tácticos rayanos en la locura, cabalgadas de (benditos) chalados y explosiones atómicas, es una semana que nos deja extasiados por mucho tiempo. Tan poco acostumbrados como estamos…

Queda ya muy lejano el recuerdo de ese Alberto Contador que se lanzaba a lo loco a sacar tiempo a sus rivales sabiendo que se lo iban a zampar o que la renta que iba a sacar no era la necesaria. Queda hasta nebuloso el pensar ya en un Peter Sagan hiperbólico soltando palazos a sus bielas camino de la gloria. Gotas de agua revoltosas en un mar estable. Y queda todo, ahora en perspectiva, a un inicio de un cambio que parece que ahora haya llegado para quedarse.

Déjenme soñar. Soñar con que lo que vimos en la Tirreno-Adriático, y también en la París-Niza, es una consolidación de un ciclismo de poca tregua y de valientes. No vamos a recuperar hazañas pasadas en blanco y negro ni pájaras monumentales de la época de los primeros colores ni de final de siglo (ya las menos), pero tal vez pasemos página a ese ciclismo ultracalculador y metódico (eso nunca del todo, lo sé, estando como están los vatios para sesgar el ímpetu) que te dice cuándo y cómo y dónde debes moverte.

Han aparecido esos nombres que son ya una realidad, en el que un tal Van der Poel, hijo y nieto de, alto y alocado, decide abrir gas un día de perros para firmar una apoteósica jornada con ataques de final de etapa a 65 kilómetros de meta, y un adiós muy buenas, dejadme solo, a 50. Que me pinchen, que no sale gota. Una realidad en la que el joven líder que ganó el último Tour el ‘último’ día, chalequito puesto y poco ajustado como el rarito del pelotón de impecables, decide jugársela también a por todas y dejar secos a sus rivales, él solito, en una etapa rompepiernas, en circuito, soltando lastre allá por donde pasaba. Pogačar lo hizo, pero más meritoria, si cabe, fue la reacción de su herido rival, un Van Aert tocado y hundido, también abandonado a su suerte individual, luchando por detrás para dar caza (qué atrevimiento: evitar la minutada) a un esloveno jovencísimo que no mira para atrás.

Esa batalla del trío, cada uno en un duelo diferente, por un objetivo distinto, conformó la belleza del ciclismo de esta segunda década del siglo XXI. Si esta va a ser la base de lo que nos espera, benditos sean los años de pseudosopor que hemos tenido que estar esperando para quedarnos con la boca abierta.

El romántico, el apasionado de esto de dar pedales que lo hace en sus ratos libres y se emociona viendo carreras, se identifica (o eso desea) con el espigado Van der Poel, que cuando con toda su gallardía, llega a meta oliendo de cerca al lobo que le acecha, ni levanta los brazos para celebrar nada porque no le queda un gramo de fuerza, se tira al suelo, se apoya como puede en la valla publicitaria y asoma una mirada al vacío que te dice, chaval, estás matarile, pero madre mía lo que has hecho.

Ese es el ciclismo que soñábamos cuando crecimos leyendo hazañas pasadas que luego nuestros coetáneos simulaban en algunas etapas. Ese es el ciclismo en el que creemos y del que nos enamoramos. Ese en el que un organismo no está milimetrado (difícil la abstracción ante el metodismo actual) y aparece esa parte de pasión en la que ya puede gritar el director dentro del coche, que tú metes la cabeza entre los hombros, te coges de abajo y decides que, si pueden, que me cojan.


Un comentario

  1. Muy buen artículo. La pasión en las venas

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