Historia pista olímpica: Barcelona’92

TrackPiste / Ciclo 21

Después de tres candidaturas fallidas, en 1924, 1936 y 1940, Barcelona se presentaba con muchas posibilidades a la nominación para los Juegos Olímpicos de 1992, no sólo por la solidez de su proyecto, sino por lo que significaba que el presidente del COI, Juan Antonio Samaranch, fuera oriundo de la Ciudad Condal.

Y Barcelona’92 no sólo fue nominada, sino que fue un éxito organizativo, y posiblemente los mejores Juegos hasta la fecha. De entrada, porque fueron los primeros sin boicots desde 1976, sin ningún incidente reseñable, y con récords de participación, tanto de países (169) como de deportistas presentes (9.368), en una edición que volvió a sus fechas ya consolidadas de julio y agosto.

La gran novedad de Barcelona fue el nuevo mapa mundial. La Unión Soviética había dado paso a numerosos países independientes, buena parte de los cuáles se agruparon por primera y única vez en la Comunidad de Estados Independientes, aunque Estonia, Letonia y Lituania compitieron de nuevo bajo sus banderas. Yugoslavia también se presentó dividida en sus nuevas repúblicas, algunas de las cuales tuvieron que tener un reconocimiento provisional para competir. Por el contrario, República Federal y República Democrática daban paso de nuevo a una Alemania unificada.

En el aspecto deportivo, destacar el inicio de la autorización para que no hubiera ya restricciones a la participación de profesionales en algunas disciplinas, como el baloncesto, donde se plasmó en la presencia del ‘Dream team’ estadounidense, con las mejores figuras de la NBA. Protagonismo que compartieron con el popular Cobi, la mascota diseñada por Mariscal.

A nivel nacional, para España siempre quedará en el recuerdo, en encendido de la llama olímpica con la flecha del arquero paralímpico Antonio Rebollo, el importante incremento de las medallas españolas en una sola edición, ya que se pasó de cuatro de Seúl a veintidós, y el impresionante comienzo en el primer día de competiciones con el oro de José Manuel Moreno en el velódromo de Horta –un recinto descubierto, en madera, de una cuerda de 250 metros y que ya existía desde 1984, pero que fue reacondicionado-, la primera medalla olímpica del ciclismo español que abrió el camino a ese éxito sin precedentes.

Ya pormenorizaremos en los próximos días sobre los detalles del oro de Moreno, que con 1:03.342 establecía además un nuevo récord olímpico, vigente desde México’68 y sus circunstancias de altitud, superando en casi un segundo al australiano Shane Kelly y en medio más al estadounidense Erin Hartwell, quienes le acompañaron en el podio, con el vigente campeón, Aleksander Kirichenko, en una floja duodécima posición

El chiclanero también intervino en la velocidad, pero pagó la escasa recuperación que tuvo con una octava plaza –cayó en cuartos ante el italiano Roberto Chiappa, en dos enfrentamientos y en la serie del 5º al 8º sólo pudo ser cuarto-, en un concurso en el que Jens Fiedler continuaba la tradición de la RDA, aunque este país ya no existiese. Como les había pasado a sus antecesores, su principal rival, Bill Huck, campeón del mundo en 1990, se tuvo que quedar en casa al permitirse un solo velocista por país. En la final, derrotaba en dos mangas al australiano Gary Neiwand –la segunda vez con una cierta polémica ya que éste fue descalificado- mientras que el canadiense Curt Harnett se imponía a Chiappa en la lucha por el bronce. Por cierto, los tres primeros habían sido los tres mejores en la clasificatoria de 200, que, como el resto de las pruebas del programa, fueron cronometradas por primera vez a la milésima.

Otra de las grandes novedades de Barcelona radicó en el uso de nuevas bicicletas, en especial la Lotus del británico Chris Boardman, un monocasco de fibra de carbono que se alejaba de la forma triangular habitual y que abriría un camino que culminaría en Atlanta hasta que fue cortado tajantemente por la UCI. El vigente campeón mundial, el alemán Jens Lehmann, se las prometía muy felices y más cuando estableció un nuevo record mundial en la clasificatoria con 4:30.054. Hasta que salió Boardman con su bicicleta revolucionaria y lo rebajó hasta 4:27.357, para pulverizarlo en primera ronda (4:24.496). Su superioridad fue tal, que por primera vez una final olímpica terminaba con un persecucionista doblando a su rival, el citado Lehmann. Destacar que en ninguna de las persecuciones se disputó la final de consolación, sino que el bronce se determinó por el mejor tiempo de los derrotados en semifinales, en este caso el neozelandés Gary Anderson. La representación española corrió a cargo de Adolfo Alperi, quien terminaba en una notable séptima posición final.

Dominadores en las décadas anteriores en la persecución por equipos, era de suponer que un conjunto formado por los mejores especialistas de la RDA (Lehmann y Guido Fulst) y la RFA (Michael Glockner, Stefan Seinweg y Andreas Walzer) fuera el gran favorito, como así fue, aunque Australia Brett Aitken, Stephen McGlede, Shaun O’Brien y Stuart O’Grady) le puso las cosas muy difíciles.

Las clasificatorias fueron una sucesión de récords: los oceánicos en la clasificatoria (4:11.245), los germanos en cuartos (4:10.980), con sus rivales imitándoles (10.438). Y los dos equipos en la final, aunque sólo valdría el de los ganadores (4:08.791 a 4:10.218). El bronce, para Dinamarca, con Ken Frost, Jimmi Madsen, Jan Bo Petersen, Klaus Kynde Nielsen y Michael Sanstød. España, con Alperi, Gabriel Aynat, Jonathan Garrido y Santos González marcaba un tiempo de 4:23.013 en la clasificatoria, que no le permitía pasar a los cuartos de final, clasificándose en la décima posición.

El programa masculino se completó con la puntuación, disputada en dos mangas clasificatorias de 30 kilómetro –criba que no pudo superar el mallorquín Aynat, decimosexto en su serie-y una final de 50 kilómetros corrida tan rápido que ninguno de los 21 ciclistas que logró terminar pudo ganar vuelta, y que se decidió en el último sprint de forma muy ajustada, con Giovanni Lombardi –tan conocido por su periplo profesional como por su faceta de agente, de Peter Sagan entre otros- sumando 44 puntos, por 33 del neerlandés Leon Van Bon -actualmente un reputado fotógrafo- y 38 del belga Cédric Mathy.

Si el programa masculino no había cambiado desde 1984, en el femenino se incluía una nueva prueba, la persecución, que tenía carácter de Campeonato del Mundo desde 1958 pero estaba ausente –incomprensiblemente- de los Juegos, lo que supuso que las grandes figuras históricas como la británica Beryl Burton, la belga Yvonne Reynders o la soviética Tamara Garkuskin se quedaran sin la gloria olímpica. En Barcelona, a pesar de la presencia de dos grandes figuras como Leontien Van Moorsel o Jeannie Longo, las grandes protagonistas fueron la australiana Kathy Watt, autora del mejor tiempo clasificatorio, y la alemana Petra Roßner, que se plantaron en una final en la que comenzó dominando la corredora de las antípodas, pero que terminaría ganando la germana (3:41.753 a 3;43,438). La ‘aussie’ se tomaría la revancha ganando la prueba de carretera. El bronce, sin competición como antes hemos indicado, para la estadounidense Rebecca Twigg.

Continuamos el repaso con la velocidad, en la que la defensora del título olímpico, Erika Salumäe, fue nuevamente la vencedora, aunque en esta ocasión defendiendo la bandera de Estonia y no la de la Unión Soviética, como había sucedido en 1988, enseña que fue izada al revés en la ceremonia protocolaria, quizás por la novedad, algo que no le molestó demasiado a la ganadora. Salumäe tuvo bastantes problemas a lo largo de todo el torneo –sólo pudo ser sexta en la clasificatoria- pero fue de menos a más y terminaría imponiéndose a la alemana Anett Neumann en el desempate, con el bronce para la neerlandesa Ingrid Haringa.

Y no podemos terminar sin hacer mención a la ausencia de españolas, aunque Ainhoa Ostolaza, sobre todo, y Nuria Florencio estuvieron trabajando muy duro para estar en Barcelona, pero las exigencias federativas fueron injustamente elevadas e impidieron una presencia que debería haberse materializado.

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