Eran tiempos de Felice Gimondi, de Jacques Anquetil. También de Vittorio Adorni, del discreto Italo Zilioli, de Gianni Motta, de Franco Balmanion. El ciclismo italiano regurgitaba campeones en su carrera, religión para tantos, y en la que eran legión. Lejos quedaban los tiempos de Fausto Coppi y Gino Bartali, de Charly Gaul, de los suizos. La montaña ya era en esos días el leitmotiv de estas tres semanas recorriendo Italia de verdad y a golpe de pedal. Había sucedido la del Monte Bondone, se había estrenado el Stelvio, los passos alpinos habían arrancado la mítica frase de «Un uomo solo al comando, la sua maglia è biancoceleste, il suo nome è Fausto Coppi» de Marco Ferretti. Era el hábitat de los sueños, más cerca de las nubes que del terrenal suelo. El miedo a la meteorología, a la gravedad. A los descensos, al sufrimiento. A estar a solas con los pensamientos.
Los finales en alto empezaron a aflorar. El Giro de Italia de Vincenzo Torriani había programado cuatro para la edición de 1967. Terreno para ciclistas de otra pasta, de esos que son un juguete en manos del viento, pero cuando llegan las cuestas se alzan sobre los pedales para crear arte. El silencio del Etna, de Madonna di Ghisallo, de las Tres Cimas de Lavaredo (aunque fue finalmente cancelada) y del Blockhaus fue ocupado por el asentamiento de la línea de meta. Todos durísimos, históricos a día de hoy, importantísimos a fecha de ayer. Se esperaba a los grandes nombres de la época conquistaran esta novedosa fórmula del final en alto que había empezado a patentar el Tour de Francia, el gran rival de los organizadores transalpinos, que iban con seis años de desventaja con los bolsillos repletos de ganas de batirles en el duelo que tenían entre el ahora de entonces y la posteridad.
Con la suspensión de la subida al Rifugio Auronzo (Lavaredo) y la huelga de pedales caídos para alcanzar el siciliano Monte Etna debido a los largos traslados a los que los ciclistas iban a ser obligados, la gran llegada en alto iba a tener lugar en el macizo de la Maiella, en los Abruzos, en el Blockhaus. Al igual que Pedro Delgado describe campos magnéticos en la subida a ciertos puertos, este coloso italiano tiene algo que frena, que hace el ascenso todavía más difícil de lo que de por sí parece. No es la pendiente, sino el legado, el testigo. El olor a historia, a responsabilidad, la sombra de los campeones que lo han surcado y habitan cada curva de herradura de cada una de las mil variantes que tiene el acceso a esta montaña. Esos fantasmas comenzaron a visitar el Blockhaus en 1967, y no iba a ser inmune al paso de la historia por sus rampas.
Era un 31 de mayo. La decimosegunda etapa partía de Caserta para recorrer más de 200 kilómetros hasta la línea de meta, donde esperaba el coloso desconocido. El duelo entre el francés Jacques Anquetil y el local Felice Gimondi iba a quedar eclipsado por otro de esos titulares que pasarían irremediablemente a la historia del ciclismo: «un sprinter gana en el Blockhaus». A veces el ciclismo anticipa chupitos de leyenda sin saber que están teniendo lugar en ese instante. Resulta que ese velocista que había cruzado la cima en primer lugar era belga y respondía al nombre de Eddy Merckx. Si Laurent Jalabert contaba que la subida a los Lagos de Covadonga de 1994 le hizo emprender un viaje al corredor completo y ganador que después fue, se puede decir que sin ninguna duda aquél fue el comienzo del gran ‘Caníbal’, de la leyenda de un ciclista que llegará hasta el final de los tiempos.
Hasta entonces, el ciclista de Meensel-Kiezegem era un chico de clásicas, de Milanes-Sanremo, de Flechas Valonas. Habitaba el mundo de los grandes ciclistas del momento, más orientado a la gloria inmediata. La juventud del corredor del Peugeot le hacía debutar en las grandes vueltas de la mano de este Giro de Italia de 1967. Anduvo puesteando durante los primeros diez días de carrera. Willy Planckaert y Marino Basso tiranizaron las llegadas masivas que no se veían atacadas por algún asaltadiligencias de última hora. Ya estaba por allí los KAS, quienes veían una cuesta y se lanzaban cual tiburón a su presa. El ‘Poulidor’ del Giro de Italia, Italo Zilioli, quedó segundo en la cima del Blockhaus. En menos de un minuto, arribaron los demás favoritos, inmiscuidos en la batalla que sostenían entre ellos, sobre todo en el remolino mediático del duelo entre Gimondi y Anquetil, con delantera para el galo.
Resulta que en esa cima ganó un sprinter, Eddy Merckx. Desde entonces, de la cima recogió algo más que un trofeo: fue poseído por ese halo que concede permiso para abrir la puerta de la historia. El belga probó la llave, abrió y se quedó. Siempre vivirá allí, porque allí comenzó todo. Dos días más tarde, henchido en confianza, levantó los brazos ante la cara de Planckaert y la fiera jauría de velocistas italianos. Justo lo que hasta entonces le había resultado imposible. Finalizó noveno aquella clasificación general, que fue dominada por Felice Gimondi a un día de acabar, pegando un tartazo al mismísimo Jacques Anquetil, quien sin saberlo estaba disputando su última gran vuelta por etapas. Por ello, tras aquella etapa, tras aquella delicia de Giro, el espíritu del dominador del ciclismo internacional cambió de cuerpo, transmigró a este joven belga de apenas 22 años.
Después vino el primer Giro en su haber, donde el sprinter se llevó la friolera de tres etapas, el rosa, los puntos, la montaña y la por equipos. Después vino el positivo, los cinco Giros, los cinco Tours, la Vuelta, los Mundiales, los récords en casi cualquier carrera en la que se ensañaba. Ante rivales durísimos que le hacían la vida un tormento como Fuente, Ocaña, De Vlaeminck y cía. Todo comenzó ese día donde deslizó su bicicleta, se alzó sobre sus pedales y levantó los brazos gritando a la gélida tarde de ese miércoles: Eddy Merckx había estrenado el Blockhaus y, sin saberlo, se iba a convertir en el considerado de forma unánime como mejor ciclista de todos los tiempos. Una gesta que llegó a inspirar un modelo de bicicleta. Y mil profecías que afirmaban que el chaval tenía talento, pero que nunca ganaría una grande. Resulta que los profetas se equivocaron once veces.
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