Opinión: Una Vuelta de vueltas

La Vuelta a España 2019 tendrá tres escenarios diferenciados / © ASO

Nicolás Van Looy / Ciclo21 – Enviado especial (Alicante)

“Son tres mini vueltas”. Es uno de los primeros comentarios que me llegan cuando, poco después de las siete de la tarde, se presentaba en el Auditorio de la Diputación de Alicante el recorrido de la 74ª edición de la Vuelta a España y, efectivamente, al mirar el mapa no deja uno de tener la sensación de que lo que haremos dentro de ocho meses será asistir a un espectáculo dividido en tres actos que, en la perspectiva a vista de pájaro que ofrece el mapa general de la prueba, se centrará en tres puntos bien distintos y definidos por sus características singulares. Será, con presencia del Levante, el Cantábrico (con permiso de Andorra) y la meseta central, una especie de Vuelta de vueltas que, a falta de poner sobre la carretera a su factor más importante, los ciclistas, parece tener los mimbres necesarios para ofrecer un gran espectáculo.

La Vuelta 2019 da un paso más en el camino iniciado en la última edición de la ronda española, en la que Javier Guillén y su equipo comenzaron a desandar el camino recorrido durante estos últimos años. Y eso, cambiar y evolucionar aunque sea volviendo sobre los propios pasos, es algo siempre bienvenido y acertado cuando la fórmula que te convierte en algo distinto comienza a extenderse más allá de tus dominios.

Ya hemos dicho en innumerables ocasiones, y no lo vamos a repetir de nuevo, que el modelo de Vuelta a España creado en la era Guillén tiene tantos detractores como defensores, pero hay una cosa en la que todos tienen que convenir (porque los datos son siempre fríos e irrefutables): la apuesta ha funcionado en términos de audiencia, participación y poderío económico (aunque aquí también tiene mucho que decir la entrada de ASO). El modelo, decíamos, funciona, pero comenzaba a dar muestras de cierto desgaste. Es cierto que otras carreras, entre las que destaca el todopoderoso Tour de Francia, han pivotado hacia la adopción de ese ciclismo más explosivo, pero los resultados que eso pueda generar en Francia todavía están por ver. El experimento de 2018 no salió del todo bien y la fuga de talentos en 2019 hacia el Giro (con su posible doblete con la Vuelta) seguro que enciende alguna alarma en la zona noble de ASO.

La Vuelta a España ha decidido volver al pasado, pero con vocación de futuro. El dibujo de sus etapas ha profundizado este año un poco más en el aumento de kilómetros y en el abandono del unipuertismo, una apuesta que gustó, que funcionó, pero a la que, como ya le sucedió al tiki-taka, todos se habían acostumbrado y, por lo tanto, había perdido esa chispa que la hacía funcionar tan bien. Pero esta celebración de lo vintage no implica deshacer todo lo hecho. La organización de la Vuelta a España ha demostrado que se puede innovar sin renunciar a los toques de modernidad que no se quieren perder.

Así, seguimos descubriendo nuevas cumbres. Nuevos lugares para el ciclismo. Y seguimos visitando, bien sea de pasada o como final de etapa, lugares que nos eran absolutamente desconocidos hasta hace bien poco. La Vuelta se ha propuesto convertirse, además de en un gran evento deportivo, en un escaparate de España como lo es el Tour para Francia. Las comparaciones son siempre odiosas e inútiles, pero ese puñado de lugares inéditos con los que cada año nos sorprenden Escartín y los demás permiten que cada vez más españolitos de a pie tengan la oportunidad de vivir de cerca este enorme espectáculo y, por lo tanto, engancharse a un deporte que en los 90 fue, si me apuran, casi tan grande como el todavía no tan sobredimensionado fútbol.

La Vuelta dará tres grandes saltos este año y se olvida del sur. Y mientras seguimos esperando ansiosos el momento de dar el enorme salto (literal y metafórico) hasta Canarias –si se puede ir a Utrecht, la excusa de la distancia languidece–, acercamos la nariz al mapa de 2019 y volvemos a hablar de gustos y opiniones. Puede que falte algo más de contrarreloj, pero ese puede ser el siguiente paso hacia el pasado. O no. Puede que esa sea una línea roja de modernización que no se quiera mover. Todo ello lo descubriremos en 2020. Por ahora, tenemos ocho meses por delante para imaginar qué podrán hacer los protagonistas de todo este sarao cuando arranque en Torrevieja el 24 de agosto. Con los puertos cortos y pestosos del Levante. Con la ración de Pirineos de Andorra y los quebrados trazados vascos. Con las siempre atractivas –y muchas veces peligrosas– cumbres asturianas y, al menos para el que esto escribe, las dos preciosísimas etapas de montaña de la última semana en la Sierra de Madrid y Ávila. Una Vuelta que mejora, como el buen vino, con el paso de los años. Una Vuelta que mira al futuro hundiendo sus raíces en la ya larga historia que lleva en la mochila.

Comentar

Su dirección de correo electrónico no será publicada.Los campos necesarios están marcados *

*