Uluru: “Ciclistas de sofá”

Portada y contraportada

Portada y contraportada

Luis Román-Mendoza / Uluru

No es, ni mucho menos, un libro sobre un viaje en bicicleta, como pueda ser ‘11.822 kilómetros’, de mi admirado Diego Ballesteros, o ‘La vuelta al mundo en bicicleta’, de Juanjo Alonso; ni siquiera en pequeña escala. Tampoco es una apología o una reflexión sobre el uso de este elemento, tal y como hacen David Bryne en ‘Diarios de bicicleta’ o Pedro Bravo en ‘Biciosos’.

Sin embargo, ‘Ciclistas de sofá‘ hace bastante más por el uso de la bicicleta que esos libros o cualquier otro que haya leído. Y el propio Sergio Parra lo refleja acertadamente en las últimas páginas del libro. “Esta experiencia, aunque sea un tanto ridícula para todos aquellos que ya seáis veteranos de esta clase de viajes, marcó un hito en mi existencia un tanto apolillada. Lo importante es cambiar tu marco de referencia”. Y una bicicleta –aunque sea comprada de rebajas en unos grandes almacenes a 99 euros, con una segunda casi de regalo, a 49- es la que lo posibilita.

El libro es el reto de Sergio, un deportista de sofá –“de los que hacen zapping, juegan a la PlayStation, navegan por Internet, leen, charlan y pican entre horas”- que oye esa voz de un Pepito Grillo que le sugiere que deberían cambiar su vida. Una transformación que pasa por la pérdida del 25% de su peso corporal, del empleo de la bicicleta y de planificar un viaje por Suiza a “lomos de un corcel de aluminio”.

La primera parte de la narración se centra en la preparación del viaje, en la motivación del autor por hacer ese cambio físico que le permita su ulterior ‘aventura’. Una puesta a punto que dan ganas de seguir, de imitar, aunque personalmente pienso que podría haber profundizado en esta ‘preparación’ precisamente porque puede ser un ejemplo a seguir por muchos.

El resto del libro cuenta su viaje –mejor dicho, sus viajes, aunque este extremo no lo voy a desvelar- a Suiza, en el que la bicicleta no deja de ser un instrumento, que solo cobra protagonismo en algunos momentos muy determinados, y en el que se intercalan con gran maestría y amenidad algunos de los lugares más conocidos o desconocidos de Suiza –el CERN, el Castillo de Chillon, Montreux, Gruyères, Berna, Lauterbrunnen, Mystery Park, Schilthorn, Top of Europe, Zurich, las cataratas del Rin, la isla de Mainau o Appenzell, el Lepe suizo- con otros elementos y personajes que, aun siendo algunos suizos, incluso tópicos del país, pueden no corresponderse con el estereotipo que tenemos de la confederación helvética: Frankenstein, los refugios nucleares, el queso, Freddy Mercuty, Chaplin, Sherlock Holmes, James Bond, Einstein, Heidi, ‘El Escritor’, las vacas suizas, la letra Helvética, Dada, los San Bernardo, el LSD o incluso las Dimensiones de Hofstede, una curiosa teoría a la que dedicaré un post en breve.

Un estilo que recuerda vivamente al de Bill Bryson, uno de mis autores favoritos, y que justifica plenamente esta lectura para saber algo más del país más desconocido de Europa, hasta tal punto que te dan ganas de visitarlo, incluso en bicicleta, vista la fenomenal red de vías cicloturistas que tiene.

Y es que, como dice Parra en las últimas páginas, “he pretendido presentarme siempre como lo que en realidad soy: un aprendiz de viajero, diletante y torpe, lleno de inseguridades y de manías, incoherente y sobre todo normal. Como la mayoría de la gente”, para terminar con un sugerente y desafiante “posiblemente volveré a cometer muchos errores, y dejaré al descubierto el patetismo que acompaña a casi todas mis hazañas. Pero al menos me demostraré que hasta yo soy capaz de conseguirlo. Y si yo soy capaz, lo sois todos vosotros. Ya no tenéis excusa. ¿A que esperáis?”.

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