Uluru: Esto no es el Tour. Es la guerra.

Aunque las he unido para formar un titular bastante explicativo de lo que quiero escribir, son dos frases distintas. La primera se refiere a la leyenda que aparece en las camisetas que se venden al final de la prueba en la que se intenta dar una muestra de la grandeza de la prueba en comparación con el supuesto menor valor de la carrera gala. La segunda es parte de la cita del pentaganador y referente de la prueba, Jure Robic: “No es una carrera ciclista. Es la guerra”.

En ambos casos se refiere a la Race Across America, más conocida en sus siglas RAAM. Para los que no hayáis oído hablar de la prueba, se trata de recorrer Estados Unidos de costa a costa, de Oceanside, California, a Annapolis, Maryland. 4.800 kilómetros de recorrido, que deben ser cubiertos en menos de doce días, de forma individual, sin etapas, de un tirón, salvo los descansos de dos o tres horas diarias para echar una cabezada y recuperar mínimamente con un masaje. Claro que los grandes campeones son capaces de dormir apenas una hora o una hora y media, ganando un tiempo precioso en su objetivo de llevarse la prueba, mientras que por detrás un completísimo equipo de profesionales, se ocupa de los mínimos detalles de todo tipo para cumplir el objetivo. Ni que decir tiene que el entendimiento entre todos ellos es la clave del éxito.

Con esta breve descripción podemos entender ya las dos frases que componen el titular… y quedarnos cortos. Un recorrido así conlleva un desgaste físico y psíquico enorme, sobre todo debido a la falta de sueño. Irritabilidad, paranoias, alucinaciones… que van ‘increscendo’ según avanzan los kilómetros de esa semana larga. A nivel físico, rozaduras, calambres, caries –de la gran cantidad de bebidas y alimentos azucarados que deben ingerir sin bajarse de la bicicleta y sin apenas poder enjuagarse-, edemas periféricos o pulmonares o embolias son lesiones nada infrecuentes que palidecen al lado de un síndrome peculiar de esta prueba, el cuello de Shermer, por el que los músculos del cuello, debido a la tensión de la postura permanente sobre la bici, fallan de repente, sin poder mantener erguida la cabeza: algunos abandonan; los más duros, son capaces de inventar algo parecido a una abrazadera o un armazón que le sujete la cabeza.

La carrera nació como Great American Bike Race in 1982, para cambiar de nombre en 1983 por problemas de marca. Si en los primeros años obtuvo una gran difusión televisiva gracias a una serie de reportajes de la ABC, en la actualidad es una carrera absolutamente amateur –aunque con una organización súper profesional-, muy lejos de lo que es el Tour de Francia en términos de ‘glamour’: de ahí una segunda intención de la camiseta antes mencionada. Incluso hay sus piques entre ambas carreras o más bien entre estos dos tipos de deportistas tan diferentes: el ex profesional Jonathan Boyer –el primer norteamericano en correr la ‘grande bouclé- siempre consideró a los ultrafondistas como ciclistas de segunda y para ello se apuntó a la edición de 1985. A base de un gran sufrimiento ganó la prueba… pero jamás volvió a salir una palabra ofensiva contra sus rivales. Por cierto, que tiene una bonita historia actualmente para promocionar el ciclismo en Ruanda, aunque sea otro tema muy distinto.

La gran difusión de la prueba ha sido posible gracias a los propios participantes, que cada año se reúnen en un número aproximado de una treintena para superar el reto. Y aunque existe la posibilidad de afrontar la prueba por dúos, por cuartetos, incluso por equipos de ocho, la categoría individual es la reina. Y son estos héroes los que a través de sus blogs, de sus vídeos, de sus narraciones en las redes sociales los que han contribuido al mito de la RAAM.

Entre ellos, un héroe desgraciado como Diego Ballesteros, a causa del accidente que le postró en una silla de ruedas con ocasión de la edición de 2010. Y sobre todo Julián Sanz, asiduo participante en los últimos años, que nos ha dejado este interesante documental de su experiencia, con el título haciendo referencia al tiempo que tardó en su empresa.

Claro que si os interesa seguir profundizando en la RAAM nada mejor que la fantástica narración de Amy Snyder, ‘Infierno sobre dos ruedas’, “un relato emocionante y extraordinariamente detallado del evento deportivo más increíble del que jamás se haya oído hablar”, como describe en la contraportada de este volumen, centrado en la edición de 2009, “una alegoría inolvidable sobre la superación de las limitaciones personales, el autodescubrimiento y la capacidad del espíritu humano”, y que sinceramente os recomiendo.

 Uluru, el blog de Luis Román Mendoza

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